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lunes, septiembre 11, 2006

INTELIGENCIA EMOCIONAL

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Se compone de dos elementos: la inteligencia, ese principio que ordena armoniosamente nuestras funciones cerebrales que nos permiten entender, comprender, conocer y resolver las diferentes circunstancias de nuestra realidad; y la emoción por otro lado, la emoción, la alteración del ánimo en forma intensa o pasajera, agradable o penosa, y que van acompañadas de reacciones somáticas, como p.ej.cambios en la circulación sanguínea, en la respiración y en secreciones de glándulas. Uniendo ambos conceptos, la inteligencia emocional es la capacidad de sentir, entender, controlar y modificar estados anímicos propios y ajenos. Es como la capacidad de resistirnos a reccionar de una manera impulsiva e irreflexiva, otorgándonos un cierto control sobre nuestras emociones.

Se dice que la inteligencia emocional tiene 5 aptitudes: 1) el autoconocimiento, esa capacidad para “mirarse hacia dentro”; como decía Sócrates “conócete a ti mismo”; 2) la autorregulación, nuestra capacidad de ejercer control sobre nuestros sentimientos, emociones e impulsos propios, así como adaptarse frente a situaciones altamente cambiantes; 3) la motivación, que es el motor interno que impulsa a la acción y búsqueda de objetivos para satisfacer nuestras necesidades. Aquí podemos destacar el afán de triunfo, donde se plantean metas desafiantes, de las que se busca aprender orientándose a mejorar el rendimiento; el compromiso, principalmente con los objetivos personales, y la iniciativa, que predispone a estar alerta ante nuevas oportunidades; 4) la empatía, la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de entender los sentimientos y necesidades de los demás dejando los prejuicios de lado; y 5) la habilidad social, que es tener la habilidad para inducir en los demás las respuestas deseables, es decir tener la capacidad de influir en los demás.
¿De qué nos sirve todo esto? La inteligencia emocional nos permite controlar cosas tan simples y ordinarias como la frustración, que es cuando aparece una barrera o interferencia invencible en nuestro camino a conseguir un objetivo; los conflictos; la risa, ese lenguaje universal, pero que no es producida en todas las culturas por situaciones similares, pero nos proporciona un gran placer a bajo costo (pocos músculos de la cara están implicados); la vergüenza, antagónica a la risa; el llanto, primera forma de comunicación que tuvimos, y a la vez es una poderosa arma que bien concita la atención de nuestro alrededor (sólo piensen en un bebé llorando); la sonrisa, con la cual se ejerce la empatía, ya que con ella tratas de llegar al otro, es cosa de ver en los comerciales en que te ofrecen algún producto con la tremenda sonrisa, o a los políticos en campaña, sonriendo alegremente; la ira, que es como un líquido hirviendo, que aunque deje de estar al fuego necesita reposar un rato alejado del calor para enfriarse; y la venganza, que se dice que es “un plato que se come frío”, pero no sería así, es la ira que se ha encapsulado y no se ha ido, entre otras cosas.
Por todo lo anterior, es evidente que en nuestra vida diaria, la inteligencia emocional debe llevarnos a un manejo y expresión de nuestras emociones de una manera tal que nos permita ser más efectivos en nuestras relaciones interpersonales.
Ante el trabajo y la vida cotidiana es normal que desempeñemos tres papeles característicos: el Héroe, el Malo de la Película y la Víctima. Cada uno de nosotros en las diferentes circunstancias de nuestra vida, elegimos actuar de una forma o de otra y son precisamente las emociones que decidimos utilizar las que marcan la pauta. Entonces, una de las aplicaciones más evidentes en nuestra vida diaria de la inteligencia emocional, se presenta cada vez que tenemos un conflicto. Con la aplicación de la inteligencia emocional podemos enfrentar impedimentos que no permiten el éxito que buscamos, disfrutando las vivencias en lugar de padecerlas.

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